En Balboa 210, en La Isla de La Paternal, el CENS 21 abre a la mañana, el CENS 10 a la tarde y el CENS 61 a la noche, y comparten patio, biblioteca y ropero comunitario. Se entra desde los 18 años y sin edad máxima, la inscripción está abierta todo el año y se aprueba por materia, como en la facultad.

En una cuadra tranquila de La Paternal, detrás de una fachada celeste despintada, funcionan tres escuelas. No una detrás de otra en el tiempo: tres instituciones distintas, con sus propias autoridades, sus propios títulos y sus propios estudiantes, que se reparten el mismo edificio por turnos. Son el CENS 21, que abre a la mañana; el CENS 10, que funciona de 15 a 18.45; y el CENS 61, que trabaja de noche.

CENS son las siglas de Centro Educativo de Nivel Secundario: el secundario para personas jóvenes y adultas de la Ciudad de Buenos Aires. “Soy Luis Riquelme y soy director titular del CENS 61”, se presenta el director del turno noche, que recibió a Voces de la Comuna 15 y mostró la escuela por dentro. Los tres pertenecen al Distrito Escolar 14.

El CENS 10 y el CENS 21 entregan el mismo título, Bachiller en Economía y Administración. El de la noche es distinto: “El CENS 61 tiene una orientación en oficio, que es en electromecánica”, explica Riquelme. Y aclara que es una rareza: en la Ciudad hay alrededor de 92 CENS, más algunos anexos, y apenas unos siete tienen esa orientación.

La modalidad tiene su propia historia. Los CENS se empezaron a pensar a comienzos de los años setenta, cuando se vio que había mucha gente trabajando que no había terminado el secundario. Nacieron como escuelas nacionales y en 1992 pasaron a la órbita de cada jurisdicción. De los que quedaron en la Ciudad, un grupo mantiene el ciclo lectivo de marzo a marzo y otros veinte, creados después, van de agosto a agosto.

Para anotarse hay que tener 18 años cumplidos y la primaria terminada. Quien terminó la primaria entra en el primer nivel; quien tiene parte de la secundaria hecha puede entrar en el segundo o en el tercero. Son tres niveles en total. Excepcionalmente, con una resolución del Ministerio, pueden entrar menores de edad, aunque la norma recomienda lo contrario.

Hacia arriba no hay límite. “Hay personas grandes, de 60, de 70, de 80”, cuenta Riquelme.

El cursado se parece más a una facultad que a un secundario tradicional: no se pasa de año, se aprueba por materia, y las materias son correlativas. Alguien puede estar cursando tercer nivel y deber una del primero. Los niveles están organizados por módulos —cuatro en total, dos en el primer año— y la inscripción es permanente: “Viene hoy un alumno y me dice que se quiere inscribir, lo tenemos que inscribir”, resume el director. El cursado es presencial, aunque la escuela puede firmar un pacto pedagógico con un estudiante que tenga dificultades o problemas de horario laboral.

El diseño curricular se renovó hace tres años y este es el primer año en que se completa el recorrido entero con el plan nuevo: la camada que empezó entonces se está recibiendo ahora. El cambio trajo materias nuevas, como Educación para la Salud, y también un problema práctico: quien dejó materias pendientes del plan viejo puede encontrarse con que esa materia ya no existe.

“La asistencia es bastante heterogénea”, define Riquelme, y enumera: en edades, en países de origen —hay estudiantes de Paraguay, de Bolivia, de Chile—, en saberes y en situación económica. Hay soldadores y albañiles, personas que cuidan adultos mayores, dueños de pequeñas empresas y también gente en situación de calle. La mayoría vive en el barrio.

Esa diversidad, dice, es parte del atractivo: en el aula circulan saberes que la escuela aprovecha.

Los tres CENS llegaron juntos a este edificio alrededor de 2014. Antes funcionaba acá una escuela de música, que se mudó al polo educativo del barrio. Cada uno venía de otro lado: el CENS 61, por ejemplo, llegó desde la sede de Aguas Argentinas de Pampa y Figueroa Alcorte.

En el mismo edificio funciona además una primaria de adultos, con un docente que hace de nexo: si alguien llega sin la primaria terminada, puede completarla ahí y seguir con el secundario sin moverse de lugar.

El edificio tiene un patio con plantas en macetas hechas con palés, un ropero comunitario donde unos dejan ropa y otros la retiran, y un tótem del programa Escuelas Verdes donde se juntan materiales reciclables limpios y secos que después pasa a buscar una cooperativa. Las planteras y los bancos los armaron los propios directivos con material que juntan en la calle.

También hay una biblioteca, compartida por los tres turnos. “Otra cosa que tenemos, que a nosotros nos gusta mucho, son los libros”, dice Riquelme.

A eso se suman los proyectos de acción, armados entre dos o tres docentes de distintas materias: estudiantes del segundo nivel fabricaron difusores que ya están comercializando, y hay otro proyecto en marcha sobre el cementerio y los olores en el aire del barrio.

La apuesta, insisten, es que los egresados sigan estudiando: una carrera universitaria, un terciario, una tecnicatura. Y hay quienes vuelven. Riquelme cuenta el caso de un exalumno suyo que se recibió de abogado y, siete u ocho años después, reapareció en la escuela como profesor. “Vuelvo porque yo estoy acá con lo que me dio el CENS”, le dijo. En el CENS 10 pasa algo parecido: hay un docente que cursó ahí y hace años que da clase en la casa.

La otra pata del trabajo es salir a buscar al barrio. Los CENS articulan con Argentinos Juniors, con la iglesia, con el hogar San Camilo y con la sociedad de fomento: cocinan juntos, hacen reconocimiento de plantas y cartelería, organizan charlas y talleres. El CENS 10, además, trabaja con un programa que acompaña a personas en recuperación de consumos problemáticos para que puedan terminar sus estudios.

La difusión, admiten, sigue siendo de boca en boca. “Yo voy al hogar y no tienen ni idea de que acá funciona un CENS”, cuenta Riquelme. Gente que pasa meses a pocas cuadras sin enterarse de que en ese edificio funcionan tres secundarios y una primaria de adultos.

La inscripción está abierta todo el año.

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