El oficio de lo eterno

por Sandra Ivanna Lambertucci

Borges aparece, ante la mirada, como la síntesis de una lucidez que no se contenta con lo evidente: una inteligencia que abre puertas en la pared para revelar pasajes imposibles. En su obra, el pensamiento no se encierra en certezas, sino que se desdobla en preguntas que persisten, como ecos que no se cansan de repetirse en el silencio de una sala de lectura.

Su grandeza no está en la erudición que se ostenta, sino en la delicadeza con la que transforma la erudición en experiencia vivida: cada referencia, cada alusión, es una llave que invita a entrar sin forzar la pertenencia de nadie. Se sabe que la verdad, cuando se busca con rigor, se transforma en conversación: entre el lector y la página, entre la idea y su sombra. Así, la obra de Borges se convierte en un diálogo que no concede obediencia ciega, sino libertad creativa: el lector ya no es receptor pasivo, sino coautor de un mapa que se reescribe a cada paso.

La inteligencia de Borges habita en la precisión de su lenguaje, en la economía de palabras que, aun cargadas de misterio, desvelan universos enteros. No hay detalle insignificante: el nombre, la nota al margen, la ciudad leída entre líneas, todo parece diseñado para que la mente del lector se abra como un ojo que ve en oscuridad. Su metafísica es una artesanía: el mundo se revela como una tejida de posibilidades, donde lo real y lo fantástico se tocan sin miedo, para mostrarnos que la verdad no es una mercancía cerrada, sino un tesoro que se prodiga en preguntas.

Su obra también enseña una ética de la curiosidad: la paciencia de entrar en una biblioteca que no tiene puertas, la humildad de aceptar que toda respuesta es apenas una porción de mayor misterio. En ese gesto, la intelectualidad de Borges no pretende someter lo real por la fuerza de la demostración, sino invitar a vivir con la pregunta, a sostener la duda como un instrumento de claridad. Porque comprender, en su sentido más profundo, es aceptar que el

mundo no se termina en una única lectura, sino que se abre en cada lectura que se atreve a ver más allá de la primera visión.

Muchos de sus textos —inventarios de espejos, laberintos, bibliotecas infinitas— revelan una mente que goza del juego de lo posible. Pero ese gozo no es frivolidad: es una disciplina que transforma lo imaginable en evidencia de que la realidad, como la literatura, es un palimpsesto donde cada trazo deja huellas de aquello que podría haber sido y no fue, y, sin embargo, permanece disponible para ser pensado. En ese sentido, su obra exhorta a una forma de sabiduría que no se contenta con respuestas definitivas, sino que celebra la vigilia del pensamiento.

La grandeza de Borges reside también en su capacidad para convertir lo cotidiano en portal de lo trascendente. Un poema, un libro olvidado, una calle que parece haber sido escrita en otro idioma: todo se convierte en motivo para repensar la identidad, el tiempo y la memoria. Así, la inteligencia de su obra se despliega como un mapa que invita a recorrerlo sin prisas, a detenerse ante la pregunta y a dejar que el asombro, más que la certeza, guíe el paso.

Y si acaso la lectura exige un gesto de humildad, es porque él entiende que el verdadero alcance de la inteligencia no es poseer verdades forzadas, sino abrir la mirada a la multiplicidad de verdades posibles. En cada página, la grandeza se revela como una invitación a vivir el pensamiento como una práctica ética: escuchar las propias dudas, respetar las voces ajenas, aceptar que la realidad puede ser más elusiva y más rica de lo que parece.

Quien se acerca a su obra sale con la certeza de haber sido cambiado por la intensidad de una lucidez que no apaga la imaginación, sino que la enciende. Borges nos convoca a abrazar la inteligencia como un laboratorio de preguntas, donde cada hallazgo es, ante todo, una puerta que se resiste a cerrarse. En esa constelación de ideas, la grandeza de su palabra perdura: no como un monumento al saber, sino como una invitación permanente a pensar, a dudar, a soñar con una realidad que se hace visible únicamente cuando la mente se atreve a buscarla.

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